Cuando Julián Quiñones marcó uno de los goles que impulsó a la Selección Mexicana hacia la fase de octavos de final del Mundial 2026, un hombre celebró con lágrimas de alegría a más de 3.000 kilómetros de distancia, en el suroeste de Colombia.
Se trata de César Augusto Valencia Trejos, conocido como Papá César, quien en 2014 formó a un Quiñones adolescente que llegó a Cali, capital del departamento del Valle del Cauca, desde el municipio de Magüí Payán, en el vecino departamento de Nariño, con una maleta llena de sueños y la convicción de cambiar el destino de su familia.
«Lo trajo un primo a hacer una prueba y en el primer entrenamiento hizo cuatro goles. Ahí me di cuenta que estaba frente a un jugador diferente», recuerda Valencia, fundador de Fútbol Paz, una organización sin ánimo de lucro que desde hace dos décadas forma futbolistas provenientes de las regiones más golpeadas por la violencia y la falta de oportunidades.
La escuela comenzó con 30 jugadores de las zonas rurales de Jamundí, en el sur del Valle del Cauca, y hoy ya tiene a más de 210 futbolistas de élite provenientes de lugares históricamente afectados por el conflicto armado, como Buenaventura, Quibdó, Barbacoas, Apartadó, Arauca y Guaviare.
«Primero formamos personas y después futbolistas. Queremos que entiendan que el deporte puede transformar sus vidas, pero también que sean buenos seres humanos», explicó a EFE Valencia.
El niño que nunca dejó de creer
En poco tiempo, Quiñones demostró que poseía condiciones fuera de lo común. Durante su primer año en Fútbol Paz fue pieza clave para conquistar un campeonato nacional sub-17, marcó 48 goles en ese torneo y, en un partido, anotó 17.
«Era un monstruo. Tenía potencia, calidad, fuerza y un carácter impresionante. Siempre aparecía cuando el equipo más lo necesitaba», recordó el entrenador.
Una de esas actuaciones quedó grabada en la memoria del entrenador: «Perdíamos 3-1. Entró Julián, empató el partido y terminamos ganando 4-3. Era un jugador que nunca se daba por vencido”.
Su rendimiento llamó rápidamente la atención de ojeadores del club Tigres, de México, que viajaron a Cali a observar a varios futbolistas.
«Quedaron encantados con él y en México hizo historia desde el primer año, siendo goleador del torneo nacional sub-20 en un país que no era el suyo», añadió Valencia.
Desde entonces, Quiñones construyó una exitosa carrera en el fútbol mexicano con Tigres, Atlas y América, conquistando títulos y convirtiéndose en uno de los delanteros más destacados del país antes de nacionalizarse y vestir la camiseta del Tri.
«Él decidió agradecerle a México todo lo que ese país hizo por él. Allí construyó toda su carrera profesional», aseguró el entrenador.
Un símbolo para miles de jóvenes
Aunque las obligaciones del Mundial han reducido el contacto entre ambos, Valencia contó que mantienen comunicación constante.
«Es impresionante haber estado en el principio de su formación, ver su evolución y verlo cumplir sus sueños a punta de goles. También emociona ver cómo ayuda a su familia y cómo se convirtió en una referencia para tantos niños que hoy creen que ellos también pueden lograrlo», indicó Valencia.
En las instalaciones de Fútbol Paz, los más pequeños siguen cada partido del Mundial con una ilusión especial. Muchos sueñan con repetir el camino de Quiñones, así como el de otros futbolistas formados allí, entre ellos Miguel Borja, Davinson Sánchez, Jerry Mina, Juan David Cabal y Juan Camilo Portilla.
EFE/Foto: EFE












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